Lo que sigue es un fragmento de un cuento de mi pertenencia...
“Las gemas tocaban epiteliales curvaturas, dignas de ser probadas, apasionadas en su recorrer, una a una travesando a lo largo y ancho esas emuladas montañas invernales, hasta lograr erizos, ¡muchos, múltiples!, confundiéndose también con los asfixiantes gemidos inconclusos, aún ausentes, profundos, sin roce aparente, con toda la esencia necesaria para lograr una abducción insuperable. Recorreré cada centímetro de piel, y dejaré que mis fluidos, escondidos en mi boca, jueguen, sí, porque ellos quieren salir y ser parte de tersa piel suave, acompañados por los nervios incontrolables de mi lengua que se deja llevar por los aromas, por el perfume natural que aumenta en sabor, también el artificial, en este momento casi imperceptible, pues el original conduce más rápido al desasosiego, al desenfreno, a la lujuria, al deseo absoluto de concluir, sí, por fin concluir con las manos, dejando que los dedos, caprichosos, juguetones, busquen un lugar para continuar el descarrilado oleaje, el submundo debajo de las yemas, que se mueven por resortes hipersensibles que se encuentran debajo –el preconsciente de la piel-, y liberar con todas las ganas un grito gigante, ahogado, interminable, junto a un susurro malicioso, justo, en el momento justo conduce a la desesperación, y un hilo fino, muy fino, confundiéndose con el quejido “quiero más”, mas no es el momento aún de llegar al instante culmine, pues los planes de saciar tanta sed no ha llegado siquiera a la mitad. Verteré, un poco de apoco, líquidos relajantes, en una suerte de bocanada indulgente, dejando aún más hermosa la vista , y miraré con lujuria, pasión, ardor, con piel, con aroma, y dejaré que se dilaten las pupilas contraídas, y cada nervio del cuerpo cederá ante el relax, y así disfrutar de dadivas antes de llegar por fin al crepúsculo final, que nos verá, porque nos verá, resplandecientes, colorados, tímidos, vergonzosos, niños crédulos, y seremos en ese instante dueños de todo el universo, y no habrá más que nosotros, uno, dos, piernas y brazos, manos y dedos, todo entremezclado, hasta nuestros genitales estarán enmarañados, perdidos uno en el otro, buscándose continuamente, hasta alcanzar antinaturalaza, y ser gozados por el gozo de gozar, una y otra vez, hasta desfallecer en un suplicio inacabado de nuestras piernas y cuerpos, mas nuestra esencia pedirá un poco más, que sea perdurable, y ahí, explicarémosle, con risa picarona, más bien tímida, que todo esto no es más que el comienz0".
Dulcis Lupus