El miércoles que viene se cumplen 100 años del onomástico de una de las escritoras más grande y una de las más importantes del siglo XX. Nació en Francia en 1908. estuvo en pareja con el gran maestro Jean-Paul Sartre (uno de los escritores más importantes de la historia de la Literatura y la Filosofía); vivió y murió con la coherencia de aquellas mujeres que saben cuáles son sus convicciones, y defienden hasta el último hálito de aliento que les queda. Os dejo una frase de Simone para que se deleiten... además está toda la nota completa que ha publicado Página 12 el día domingo en el suplemente Radar...
Salud!
Mi vida
“Nunca pensé que había fracasado en mi vida, estoy contenta de mi
vida, y creo que si tomamos las palabras de Goethe, en el sentido de que una buena vida es aquella en la que los sueños de juventud se ven realizados en la madurez, entonces he triunfado en la vida. Simplemente, hay un momento en el que uno examina reflexivamente su vida, y se da cuenta de que una vida exitosa puede ser un fracaso. Porque una vida no es algo que se pueda tomar entre las manos, poseerla, contemplarla. Una vida no es algo que se pueda tener. El futuro, visto como futuro, es una síntesis imposible entre los deseos que se tienen para uno mismo. Y si reproducimos las cosas que dijimos que íbamos a hacer; si pisamos exactamente en los senderos en donde quisimos, y los senderos son los que uno había proyectado, aun así, eso no impide que este paseo que hacemos en el presente, y que va a quedar fijado en el pasado, no sea el paseo que imaginamos y que soñamos cuando lo proyectábamos.”
Mamá cumple 100 años
Simone de Beauvoir es sin duda una de las mujeres más importantes del siglo XX. El segundo sexo –de 1949, un ensayo agudo sobre la opresión de las mujeres– se convirtió en un libro capital de lo que luego sería el feminismo, desató una revolución moral con respecto a la mujer en la sociedad y preservó un poder libertario que todavía ejerce sobre millones de lectoras. Sus novelas y memorias tuvieron impacto y reconocimiento similares. Escribió sobre sexo como ninguna mujer lo hacía, sobre el aborto, sobre la violencia, sobre política y las guerras de liberación, y sobre sus propias experiencias con un nivel de exposición apabullante. Además, su pareja con Jean-Paul Sartre se convirtió en una de las más célebres y emblemáticas del siglo: desde que se conocieron, en 1929, nunca se casaron, se dedicaron el uno al otro de manera absoluta y se permitieron involucrarse sexual y emocionalmente con terceros, siempre y cuando compartieran los detalles. El miércoles que viene –9 de enero– se cumplen cien años de su nacimiento. Mientras París se prepara para honrarla con un simposio sobre ella con lo más granado del mundo intelectual europeo y un puente peatonal sobre el Sena con su nombre, Radar lo hace en la pluma de escritoras e intelectuales argentinas que reconocen deberle lo mismo que muchas otras mujeres: buena parte de lo que son.
Por María Moreno
En una habitación de departamento del barrio de Balvanera iluminada por una vela y cuyas paredes estaban cubiertas en toda su extensión por citas literarias al igual que una cave existencialista, yo solía posar de lectora. Y, cualquiera fuese la posición que adoptase ante el libro, siempre podía divisar la puerta donde un corazón dibujado con tiza encerraba los nombres de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Ese gesto digno de la historieta “Susy, secretos del corazón” no era una rareza. Es que antes de mayo del ’68 nuestros vínculos –los de los que echábamos manotazos de ahogado para encontrar imágenes soberanas en las que templar nuestra adolescencia– estaban atravesados por el molde de ese par mesiánico. Los ménages à trois aderezados por confesiones laicas que se extendían hasta la madrugada, la pose del alcohol y de la boina, el gusto considerado antiburgués por la oscuridad y los locales sin ventanas nos hacían acceder a una filosofía a través de su parte más sencilla, la superficie. Y si El segundo sexo se fue convirtiendo poco a poco en algo así como el Libro Rojo de la nueva feminidad, las autobiografías de Simone de Beauvoir (Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas y Final de cuentas) nos permitían una lectura paradójica de la propia vida: al mismo tiempo como una elección y como una profecía. Para nosotras, las chicas, los insistentes viajes de aprendizaje que solíamos realizar, mochila al hombro y aire amenazante, estaban menos inspirados en las aventuras selváticas del doctor Guevara que en los viajes que Simone solía hacer sola por el mundo. Creo recordar, en uno de sus libros de memorias, una frase irresponsable: “Ninguna mujer puede ser violada por un solo hombre”. Luego Simone detallaba didácticamente cómo se quitó de encima, y mediante unas cuantas monedas, a un árabe que se le sentó entre las piernas mientras ella dormía tranquila y desafiante en el desierto. Pero nuestra importación no era tan turística. No importaba cuántas veces los imperativos de la moda nos llevaran al lecho del líder y a los delirios celotípicos: fundamentalistas, queríamos explorarlo todo en nombre de una libertad que ignoraba cuánto tenía de un totalitarismo íntimo donde el deseo era considerado una fuerza sin barreras capaz de ignorar tanto la existencia del inconsciente como la de la delicadeza. Sin embargo ninguno de esos matrimonios de exploradores duró menos que los monogámicos o tradicionalistas del cuerno. Entre lágrimas nos divertíamos. Hoy esa “nueva sinceridad” que lucha contra la propiedad privada de los cuerpos quizá vive sus vicisitudes en los vínculos entre homosexuales, mostrando que cuestionar el imperativo hétero no exige sólo cambiar el otro sexo por el mismo sino, como quería Foucault, “otro modo de vida”.
Fueron esas invenciones privadas las que, publicadas las cartas y diarios de la pareja vedette y cumplidos los derechos a réplica de las supuestas víctimas de esa pasión caníbal, se convirtieron en el flanco débil de la obra de Simone de Beauvoir: las críticas hoy se apoyan fundamentalmente en las vertientes dramáticas del vínculo de ésta con Sartre y en una supuesta misoginia que ni el monumental El segundo sexo pudo expiar. Sin embargo, cabe aclarar que la de Simone de Beauvoir y Sartre no era una “pareja abierta” a la americana, según los códigos de las comunidades californianas de los años sesenta, ni de consumidores de avisos swinger. Para el existencialismo cada conciencia que logra su libertad es una perpetua superación de sí misma hacia otras libertades. Esta acta de los misioneros Sartre y De Beauvoir, que llevaba a no desestimar el amor y la amistad plurales, no podía realizarse sin conflictos, ya que no se trataba de una política de la felicidad sino de una exploración de la libertad. ¿Simone de Beauvoir, por haber escrito El segundo sexo, debía mantener con las mujeres relaciones carentes de aristas celosas, envidiosas o despectivas? Más claro, ¿deberíamos abandonar la lectura de Marx por el trato que le daba a su mucama? ¿A Freud por haberse impuesto la castidad para escribir un obra que otorga una gran importancia a la sexualidad?
Fuente: Página 12
Salud!
Mi vida
“Nunca pensé que había fracasado en mi vida, estoy contenta de mi
vida, y creo que si tomamos las palabras de Goethe, en el sentido de que una buena vida es aquella en la que los sueños de juventud se ven realizados en la madurez, entonces he triunfado en la vida. Simplemente, hay un momento en el que uno examina reflexivamente su vida, y se da cuenta de que una vida exitosa puede ser un fracaso. Porque una vida no es algo que se pueda tomar entre las manos, poseerla, contemplarla. Una vida no es algo que se pueda tener. El futuro, visto como futuro, es una síntesis imposible entre los deseos que se tienen para uno mismo. Y si reproducimos las cosas que dijimos que íbamos a hacer; si pisamos exactamente en los senderos en donde quisimos, y los senderos son los que uno había proyectado, aun así, eso no impide que este paseo que hacemos en el presente, y que va a quedar fijado en el pasado, no sea el paseo que imaginamos y que soñamos cuando lo proyectábamos.”Mamá cumple 100 años
Simone de Beauvoir es sin duda una de las mujeres más importantes del siglo XX. El segundo sexo –de 1949, un ensayo agudo sobre la opresión de las mujeres– se convirtió en un libro capital de lo que luego sería el feminismo, desató una revolución moral con respecto a la mujer en la sociedad y preservó un poder libertario que todavía ejerce sobre millones de lectoras. Sus novelas y memorias tuvieron impacto y reconocimiento similares. Escribió sobre sexo como ninguna mujer lo hacía, sobre el aborto, sobre la violencia, sobre política y las guerras de liberación, y sobre sus propias experiencias con un nivel de exposición apabullante. Además, su pareja con Jean-Paul Sartre se convirtió en una de las más célebres y emblemáticas del siglo: desde que se conocieron, en 1929, nunca se casaron, se dedicaron el uno al otro de manera absoluta y se permitieron involucrarse sexual y emocionalmente con terceros, siempre y cuando compartieran los detalles. El miércoles que viene –9 de enero– se cumplen cien años de su nacimiento. Mientras París se prepara para honrarla con un simposio sobre ella con lo más granado del mundo intelectual europeo y un puente peatonal sobre el Sena con su nombre, Radar lo hace en la pluma de escritoras e intelectuales argentinas que reconocen deberle lo mismo que muchas otras mujeres: buena parte de lo que son.
Por María Moreno
En una habitación de departamento del barrio de Balvanera iluminada por una vela y cuyas paredes estaban cubiertas en toda su extensión por citas literarias al igual que una cave existencialista, yo solía posar de lectora. Y, cualquiera fuese la posición que adoptase ante el libro, siempre podía divisar la puerta donde un corazón dibujado con tiza encerraba los nombres de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Ese gesto digno de la historieta “Susy, secretos del corazón” no era una rareza. Es que antes de mayo del ’68 nuestros vínculos –los de los que echábamos manotazos de ahogado para encontrar imágenes soberanas en las que templar nuestra adolescencia– estaban atravesados por el molde de ese par mesiánico. Los ménages à trois aderezados por confesiones laicas que se extendían hasta la madrugada, la pose del alcohol y de la boina, el gusto considerado antiburgués por la oscuridad y los locales sin ventanas nos hacían acceder a una filosofía a través de su parte más sencilla, la superficie. Y si El segundo sexo se fue convirtiendo poco a poco en algo así como el Libro Rojo de la nueva feminidad, las autobiografías de Simone de Beauvoir (Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas y Final de cuentas) nos permitían una lectura paradójica de la propia vida: al mismo tiempo como una elección y como una profecía. Para nosotras, las chicas, los insistentes viajes de aprendizaje que solíamos realizar, mochila al hombro y aire amenazante, estaban menos inspirados en las aventuras selváticas del doctor Guevara que en los viajes que Simone solía hacer sola por el mundo. Creo recordar, en uno de sus libros de memorias, una frase irresponsable: “Ninguna mujer puede ser violada por un solo hombre”. Luego Simone detallaba didácticamente cómo se quitó de encima, y mediante unas cuantas monedas, a un árabe que se le sentó entre las piernas mientras ella dormía tranquila y desafiante en el desierto. Pero nuestra importación no era tan turística. No importaba cuántas veces los imperativos de la moda nos llevaran al lecho del líder y a los delirios celotípicos: fundamentalistas, queríamos explorarlo todo en nombre de una libertad que ignoraba cuánto tenía de un totalitarismo íntimo donde el deseo era considerado una fuerza sin barreras capaz de ignorar tanto la existencia del inconsciente como la de la delicadeza. Sin embargo ninguno de esos matrimonios de exploradores duró menos que los monogámicos o tradicionalistas del cuerno. Entre lágrimas nos divertíamos. Hoy esa “nueva sinceridad” que lucha contra la propiedad privada de los cuerpos quizá vive sus vicisitudes en los vínculos entre homosexuales, mostrando que cuestionar el imperativo hétero no exige sólo cambiar el otro sexo por el mismo sino, como quería Foucault, “otro modo de vida”.
Fueron esas invenciones privadas las que, publicadas las cartas y diarios de la pareja vedette y cumplidos los derechos a réplica de las supuestas víctimas de esa pasión caníbal, se convirtieron en el flanco débil de la obra de Simone de Beauvoir: las críticas hoy se apoyan fundamentalmente en las vertientes dramáticas del vínculo de ésta con Sartre y en una supuesta misoginia que ni el monumental El segundo sexo pudo expiar. Sin embargo, cabe aclarar que la de Simone de Beauvoir y Sartre no era una “pareja abierta” a la americana, según los códigos de las comunidades californianas de los años sesenta, ni de consumidores de avisos swinger. Para el existencialismo cada conciencia que logra su libertad es una perpetua superación de sí misma hacia otras libertades. Esta acta de los misioneros Sartre y De Beauvoir, que llevaba a no desestimar el amor y la amistad plurales, no podía realizarse sin conflictos, ya que no se trataba de una política de la felicidad sino de una exploración de la libertad. ¿Simone de Beauvoir, por haber escrito El segundo sexo, debía mantener con las mujeres relaciones carentes de aristas celosas, envidiosas o despectivas? Más claro, ¿deberíamos abandonar la lectura de Marx por el trato que le daba a su mucama? ¿A Freud por haberse impuesto la castidad para escribir un obra que otorga una gran importancia a la sexualidad?
Fuente: Página 12
No hay comentarios.:
Publicar un comentario