Segundo Momento:
El calor agobiante de Buenos Aires me llevó a refugiarme en una suerte de bosque o mejor, lugar con muchos árboles. Pero por esas cosas que tiene la madre naturaleza que siempre nos da una oportunidad o, mejor dicho, un descanso y nos mima un poco, pasadas las 14 horas, se puso oscuro y una lluvia intensa comenzó a caer del cielo; fría, cálida -porque en sí parecía como una caricia-, entonces comencé a danzar, como un primitivo, o un aborigen o un nativo de estas tierras, en una especie de danza adorando al Dios Cielo para que nos de una tregua. Saltaba sobre una pierna y luego daba vueltas en círculos y pasaba a la otra, mientras la gente alrededor buscaba un refugio para no mojarse, pero eso no importaba para mí, seguía dando giros, sintiéndome nuevamente un niño y disfrutando como no lo hacía hace tiempo. Recuerdo como prematuro en el tiempo el momento en que una lluvia, parecida, también regaló un momento redondo (en ese entonces la perfección no se dio por la cobardía mía y de la compañía con la que estaba, o simple falta de iniciativa), pero todo en ese día fue circular, pero de esos círculos que sirven para alimentar el espíritu. Esos son los recuerdos que uno disfruta en soledad y se ríe y da gracias por haberlos vividos… y seguí durante veinte minutos que duró la lluvia bailando y danzando, con los brazo en forma de cruz, mirando al cielo, en una suerte de ritual en el que era realmente libre… y reí, como hacía tiempo no reía, disfrutando de las gotas que tocaban mi torso desnudo y mojaban mi pantalón corto, dejándome al descubierto, pero eso no importaba para mí, era en esos momentos la persona más dichosa en el lugar, al igual que las criaturas que por ahí daban vueltas. Es así, la lluvia tiene ese no sé qué, que nos gusta a los nostálgicos empedernidos, y que nos recuerda lo niño que fuimos, pero también que es bueno no perder ciertas inocencias para poder disfrutar "pequeños" momentos…
El calor agobiante de Buenos Aires me llevó a refugiarme en una suerte de bosque o mejor, lugar con muchos árboles. Pero por esas cosas que tiene la madre naturaleza que siempre nos da una oportunidad o, mejor dicho, un descanso y nos mima un poco, pasadas las 14 horas, se puso oscuro y una lluvia intensa comenzó a caer del cielo; fría, cálida -porque en sí parecía como una caricia-, entonces comencé a danzar, como un primitivo, o un aborigen o un nativo de estas tierras, en una especie de danza adorando al Dios Cielo para que nos de una tregua. Saltaba sobre una pierna y luego daba vueltas en círculos y pasaba a la otra, mientras la gente alrededor buscaba un refugio para no mojarse, pero eso no importaba para mí, seguía dando giros, sintiéndome nuevamente un niño y disfrutando como no lo hacía hace tiempo. Recuerdo como prematuro en el tiempo el momento en que una lluvia, parecida, también regaló un momento redondo (en ese entonces la perfección no se dio por la cobardía mía y de la compañía con la que estaba, o simple falta de iniciativa), pero todo en ese día fue circular, pero de esos círculos que sirven para alimentar el espíritu. Esos son los recuerdos que uno disfruta en soledad y se ríe y da gracias por haberlos vividos… y seguí durante veinte minutos que duró la lluvia bailando y danzando, con los brazo en forma de cruz, mirando al cielo, en una suerte de ritual en el que era realmente libre… y reí, como hacía tiempo no reía, disfrutando de las gotas que tocaban mi torso desnudo y mojaban mi pantalón corto, dejándome al descubierto, pero eso no importaba para mí, era en esos momentos la persona más dichosa en el lugar, al igual que las criaturas que por ahí daban vueltas. Es así, la lluvia tiene ese no sé qué, que nos gusta a los nostálgicos empedernidos, y que nos recuerda lo niño que fuimos, pero también que es bueno no perder ciertas inocencias para poder disfrutar "pequeños" momentos…
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