martes, julio 14, 2015

Tres formas de hablarles a un gato y un mono




No se ha hecho demasiado en materias de comunicación minimalista. Habría que hacer también una aclaración de formas, preceptos y conceptos, como así también de interpretaciones, aunque, porqué no, de interpelaciones, aclaraciones y procesos. Las situaciones que se han dado a lo largo de la historia de la humanidad humana - y no es un perogrullo ni un concepto erróneo-, la literatura y los cines no se han ocupado mucho de las formas concreta de comunicación entre las distintas especies, en este caso el minimalismo y el humanismo. Ahora bien, lo más complejo de realizar en estos avatares, es sin lugar a dudas la implementación de una forma concreta, dada, real, tangible, de estados no alterados, de despojos, de desprejuicios, y, ante todo, de no espejar. Se recomienda realizar la tarea -en el caso de que uno sea lo suficientemente tímido como para llevarla a cabo en medio de otros integrantes del humanismo-, en soledad y apartado de toda mirada. Se toma un gato, se lo mira fijo durante unos segundos, sin llegar al extremo del combate con el felino, pues puede uno terminar con rasguños en el rostro, en la parte inmediata a la cabeza, símil noche lujuriosa, y, en caso de estar en situación personal de compromiso, queda claramente expuesto a un daño peor. Si uno logra que el felino quede delante de uno unos cuantos segundos sin que el minimalista se mueva o deje el lugar en que uno lo ha puesto y logra manifestarle algo, siéntanse con ese solo intento, afortunado. No es menester ni proclamamos aquí el maltrato hacia el minimalista. Justamente, la idea principal de estas formas es que uno logre comunicarse con la otra especie sin apelar en momento alguno a la agresión tanto física como mental. Ahora bien, de no lograr el objetivo, persista, y quizás vislumbre a lo lejos, en esa lejanía que se da de continuo en los lugares apartados unos de otros, como así los humanista que lo apartan y lo habitan, un ápice de nostalgia. Deje que su imaginación corra (si no acostumbra  a esto, deje que esa cosa denominada imaginario lo sorprenda y logre en Ud. un ser más raro que todos los seres que Ud. ha interpelado y visto y ha soñado y ha… bueno, digamos, admirado) por praderas, por oasis, por columnas levantadas en piedras a lo largo de muchos de cientos de metros que terminan en un punto sobre el final de la misma, conocida con cierta vulgaridad como risco, ora como finalidad de un seño en la estreches de las colinas, ora como un peldaño en la mismísima intencionalidad de una escalera que va desde un cero cualunque hasta un certero infinito. Luego de logrado este objetivo, podríamos decirnos varias cosas, pero lo más interesante de remarcarnos es sin lugar a dudas, esas variaciones que se dan entre occipital derecho, bajando desde un sector que recorre las extremidades superiores de las inferiores, humedecidas en tres estados previos al diluvio. En esos momentos, aférrese fuerte a la silla (no lo hemos mencionado, pero para llevar a cabo este menester es más que importante que uno se encuentre en ese justo momento con los aposentos en un lugar firme y sólido, pues de lo contrario se encontrará también en igual condición, salvo que bajo un efecto secundario), y de ahí en más, puede concluir su primera experiencia comunicacional con el minimalismo felino –exitosa-no exitosa-, pero de seguro, en su memoria como algo irrepetible.
Este segundo intento comunicacional se da entre homónimos. Por un lado tenemos a un humanoide de aspecto humano, con ciertas extremidades visibles y por el otro lado tenemos un primate. Ahora. Aquí las circunstancias que se manejan son por demás dispares con respecto a la primera situación, pues en ocasiones, las cosas pueden ponerse por demás complicadas, sin tener en cuenta todo tipo de morbo. También cambian los parámetros de medida y los inconvenientes posibles a suscitarse. El primer escollo a sortear es sin lugar a dudas el hallazgo de un mono o primate o cómo más guste denominar a cada quién; hay que tener presente que no es necesario atorgar dinero a cambio de uno. Tengamos en cuenta que en el mercado negro de animales (ahí se trafica de todo tipo, clase y especie; demos sin más los ejemplos de Filipinas, del África, entre otros, en dónde el intercambio (trueque), de un producto por otro (Osos Pandas, Gorilas, Haitianos, Serpientes, Esclavos, Koalas, Ñandúes, Papagayos, Filipinos, etc.) por producto que en la mayoría de los casos es de papel, de tamaño pequeño, rectangular o en caso extremo entendido como sábana, de crisoles y con estampas de monumentos y próceres en él, auque, para no menospreciar, dictadores nacionalistas). Ahora bien. Sigamos con las líneas a entender a la hora de ponernos rígidos y querer erguir un momento, aunque más no sea un segundo, las paridades que se pueden dar en los comportamientos. No le será fácil –apelemos siempre a la intensión de que no es bueno el mal trato de los animales que no están de acuerdo con nuestra forma de educación –, sino tendríamos que rever ciertas acciones pasadas en la historia y tal vez con un poco de rubor en las mejillas recordar a los originarios, mas, en este tiempo eso no es de mucha importancia ni de algún tipo de validez moral, pues, la moral es siempre construida circunstancialmente de época en época. Dejamos que el minimalista concreto deje de lado su pereza, sus actitudes soeces, sus manos siempre en caricias constantes, o como suele decirse, autosatisfacción, autoestímulo, caricias propias, etc., etc., etc. Esto le llevará un tiempo considerable, tenga presente eso, pues al tiempo que no comprenda los cambios dados, que claro, para eso Ud. debe volverse un ser sensible. Debe coger la toga, dejar la mordaza –uno no es escindido por el otro-, sino que, al llegar a este punto, se produce un hecho totalmente desconcertante que se puede definir de la siguiente manera: se sube la mano derecha, en claro gesto de reclamo, acompañado con el fruncimiento del ceño que se encuentra ubicado en medio de las ceja superior derecha y la ceja superior izquierda. A eso hay que añadir un pequeño agite del brazo mal intencionado, mientras el otro brazo que está libre coge  con los dedos de la mano las extremidades cubiertas, en un gesto desafiante y las ofrece a los oferentes. Luego, también en una adusta e incipiente embestida, agacharse, inclinar la cabeza hasta que los ojos visualicen el suelo. Al comprobar en esa milésima de segundo que los cordones están en los zapatos hechos unos moños, salir disparados ganando la puerta y desaparecer. Esto le permite dos cosas: por un lado dejar la sobra y no el alma, y por el otro, dejar el polvo y no la carne. Finiquitando tamaña empresa, debe recostarse un segundo en su silla, dejar la mirada fija, como hipnotizado, haciéndole creer al primate que lo único que le interesa es que el lo vea, lo imite, y, por supuesto, le preste atención por más de un segundo. Aquí se pueden dar dos cosas: la primera es que el primate simplemente levante el brazo (es indistinto cual) y se frote la cabeza en un gesto flexivo; por otro lado, quizás aquí deba Ud. prepararse, o, simplemente aplicar todas las horas, días, años dedicados a la práctica del Yoga y no salir cual humanista que es, a romperle el cuello al indefenso (se hace, provoca, se burla, eso está claro) minimalista que, como quién no quiere la cosa, desplazará lentamente, en lenta parcimonia, esa gelatinosa descontrolada in-ahuesada forma colorada (debemos hacer aquí una corrección de estilo y de formas. El colorado, está relacionado especialmente con la lujuria, pues, si tenemos en cuenta que la manzana está dada por una pelirroja, de la cual deriva el término “colorada”, y que en realidad el miembro mencionado es más bien de color rojo, pero, desde los estratos sociales de alcurnia se utiliza ese mismo modo de expresión; creemos oportuno corregirnos y decir que realmente el miembro es rojo y no colorado), sale de su escondite –tenemos aquí una teoría bastarda de que el primate, dado su antigüedad, le ha leído mucho a su miembro, el cual apoyándose en alegorías platónicas, entra y sale de acuerdo a su expectativa-, y se muestra con aire irrisorio, deja de lado la mesura, también la cordialidad y se trepa de la silla a la mesa. No es esto un problema en la intención de la comunicación, al contrario, debe sentirse alagado, pues no es más que una corte por parte de minimalista. Detengámonos un segundo aquí, y, tratando de llevar todo a otro extremo, veamos qué ha acontecido a lo largo de los últimos tiempos con respecto a nuestro amigo primate. Allá por el año mil seiscientos… se da una situación rara, de esas anomalías que se da en escala de tiempo en tiempo, un conocido fisiólogo ha tratado de explicar que el comportamiento irracional de las otras especies, es lo que distingue a los de nuestra especie (humanismo) del resto (minimalismo). Claro, para demostrar que su teoría estaba en lo cierto, se dedicó a ciertos experimentos con minimalistas primates de todas las clases (monos, chimpancés, gorilas, orangutanes, etc.), arrojando como resultado una formidable tabla de valores en escala de comprobación de la aceptación de la verdad como forma absoluta de saber, pero, claro, al descubrir que sus experimentos daban como resultado una verdad inalienable (algunos axiomáticos la denominan axioma), se vio en la imperiosa necesidad de dar un paso más, ese paso que separa al genio del loco, el que se ubica justamente en la línea más delgada de las sociedades. Entonces comenzó por explicar que sus experimentos no estaban asociados intrínsecamente con los minimalistas, sino, que de ellos lograba por intermedio de una hipérbola, ajustada a mv2, con lo cual llegaba a un resultado que sorprendería a conocidos, desconocidos, científicos, pero sobre todo a la humanidad toda en su conjunto. Por supuesto, las condiciones en las cuales el investigador se había dedicado a la investigación, podrían denominarse de experimento del experimento, pues los memoriosos recordarán (sino no sería el nombre tal) que se ha dicho de este fisiólogo, tantas barbaridades como injurias ha cometido en contra de las especies minimalistas emparentadas con el humanismo, como así también, si lo vemos desde una especie de cómic show. Ahora bien. El principal eslabón en el tercer intento por comunicarse con un gato y un mono no sería interesante, o no tendría aquí importancia alguna, de no ser por las tertulias de ocasión, pero sobre todas las cosas las diversas teorizaciones sociales en las cuales, de algún modo –del mismo no se sabe nada aún, ni se tiene en cuenta por provenir de quién proviene, pero dados los inconvenientes suscitados a lo largo del tiempo, se ha dicho que más o menos es algo así, que podría también de alguna manera ser más o menos parecida a, aunque también dicen por ahí que las reminiscencias observadas y obtenidas, no son otra cosa, al margen de que, al ser de tipo diverso, también se puede mal interpretar, pues, en ese tiempo y a lo lejos, los diademas no eran muy conocidos, pero se supone que si se quiere transcribir literalmente las cosas, el problema es de fondo, pero antes que nada de concepto- el minimalista por intermedio de gestos habría tratado de comunicarse con el humanista.

Realmente las cosas se han teñido de un escarlata no conocido, medio petrolado, medio azucarado, también ennegrecido, con tintes de azafrán y bermellón, se vieron apelmazadas por dos circunstancias que daremos a conocer de inmediato.

En el primero de los dos acontecimientos, una señora de la alta sociedad en un afán indeclinable por mostrar lo bien que había logrado su vínculo con el minimalista felino, lo lleva delante de los clones del ojo idiota para el deleite de los zombis observadores. El resultado es por demás irrisorio. En el momento mismo en que la señora en cuestión dejó el minimalista en la silla –en realidad era más bien una especie de mesa minimalista roedora-, para mostrar antes los… pero al instante de apoyar al minimalista felino, este pega un salto que da de plano contra el rostro de la señora, dejando ver en toda su magnitud el descontento por estar en un lugar con humanistas presentes, y mucho más por estar ante tantos ausentes. El hecho es que la señora, comenzó a agitar el cuerpo como si en el mismo tuviera un Güalicho o un Momo o un Gnomo de farra en curda de tres por cuatro alegre. Ahora bien. Si tomamos en cuenta que determinados observadores sagaces han tratado, y han dejado en el tiempo todos sus deseos de decir muchas, pero muchas cosas, no hay que perder de vista que tal vez, simplemente hayamos asistido a una versión solapada de historia universal de la infamia, como así también tal vez quizás, dejado de lado un fantasmagórico espectro sublineal. Ahora bien. Comprendiendo todo esto -simple optimismo de creerlo-, dejamos de lados los criterios de los demás y  nos comportamos, o, mejor aún, nos entronizamos un poco, erguimos aún más el espíritu y nos dirigimos directamente hacia la salida. Nuevamente delante del primate minimalista.

            Un pequeño receso de las forma de comunicación, para pasar a la tenebrosa pero suculenta historia de las formas. Quizás el minimalismo ovoide, que en sus intersección rectangulares se dio en un trapecio allá por el siglo XX, mediados para ser más exacto, aunque sus formas primitivas hablan de otras épocas, quizás las raíces más cercanas están por el siglo XVIII, no hay que dejar de lado la posibilidad de, remota, o no, de pretender en algún momento llegar a otra forma más concreta y terminemos como casi siempre en los albores del arte egipcio o los principios del saber del concepto de lo griego.

            Retornando al tema de las formas de situarse y de las del decir, el minimalista primate, como así también el minimalista humano, saben que no será fácil llegar a entenderse por cuestiones semánticas y de alguna que otra forma semiótica, pero, sobre todas las cosas, porque el minimalista humanoide sabe que de alguna manera tratará por medios de tertulias, imponer al primate sin ton ni son, los conceptos y las ideas primitivas del verbo. Filólogo por naturaleza, pero más que nada por licenciatura, tratará de marear al minimalista primate con sartas de silogismos, putrefactas y porqué no purificadas palabras, i-logias que el primate no comprenderá, entonces bajo esos términos se da la singularidad de la paradoja, de la paradoja de la singularidad, el mirará, reflexivo... Por decir, en este último momento en que el Primate Minimalista se planta delante de uno, comenzamos a mover las manos como para distraerlo un poco, y lograr de algún modo aparente, la singularidad de la copia, luego, una vez consumado el acto refractario, lograr un análisis sintético sobre una primera impresión cúbica de cubero. Luego, pasado este menester un tanto engorroso, porque hay que decirlo, es algo que uno no tiene muchas ganas de lograr, pero comprenderá al instante cuántas monerías puede lograr el primate en afán de emular las acciones de uno, pero el acto más sorprendente será ver que al lograr esas emulaciones, también comprenderá de forma siniestra y con cierto pavor, premura, presagio, que algo ha cambiado vertiginosamente. Ya el primate minimalista ha dejado de lados sus payasescas actuaciones, ha asumido un aire ricachón, postura erguida, posición exacta en noventa grado entre el tronco y la espalda, cara de liturgia, aires de dramaturgo, mirará sus ademanes con cierta sorna, moverá su mano derecha, la guiará directamente al mentón, lo frotará unos instantes, levantará pausadamente en un movimiento de actor de Hollywood, bajará la mano, y en ese momento preciso, justo, exactamente programado de antemano, lo observará a Ud., dejará sus ojos clavado en los suyos; en ese clavar la mirada, la misma denotará hacia Ud. un desprecio que no ha tenido parecer. Usted mismo no logrará entender de dónde salió todo eso, pues siempre ha tratado de lograr que el primate minimalista sea lo más humano minimalista posible, pero, sin someterse a su cara de niño envuelto en manto, sonriendo con la frescura del primer día, dejará escapar el soborno que siempre ha tenido a mano, mas, para sumar más confusión al episodio, logrará el Minimalista Primate denotar algo más aterrador aún que eso que le ha denotado, mostrará, en acrobacias, de un lado al otro del lugar del cual se encuentra, moverá sus manos, las estirará, dejará caer el labio inferior, moverá con vilipendio y desafección el superior, abrirá los ojos, los cerrará, se quedará un segundo quieto, y luego, como si nada, esperará una simple reacción. Reacción que no se hará esperar más que un segundo. Luego de tamaño ultraje, Ud. cederá sus ojos, dejará de estar alerta, se posarán sobre el primate, mirará con cara soldado abandonado a la suerte en medio del bosque encantado, de sórdida esperanza, de brújula improvisada, y ahí, sí, quitará de sus piernas las manos, las colocará en su mentón, saltará desde la banqueta en la que se encuentra hacia un claro, luego tomará un poco de agua preparada especialmente para calmar los ánimos del primate, la beberá, dejará de estar latente, mirará en un gesto que se incrustará en los anales de las miradas, sus cejas se irán dilatando hacia los costados, luego, con llanto en los ojos, dejará que las lágrimas broten, trayendo con ellas las miserias y las arrogancias; la descarga de ellas son simplemente una excusa para sus dolores. Tratará de ponerse de pie por completo, pero esto no hará más que marearlo. Se sentará nuevamente, meditará unos instantes. Levantará la vista, y el primate seguirá ahí sentado, mirándolo, con la vista perdida, como tratando de comprender a qué se debe tantas acrobacias, lágrimas, muecas, movimientos, y sobre todo, porqué no le ha dicho una palabra más luego del esfuerzo terrible que hizo por quedarse sentado mirando las monerías que trató de llevar a cabo, con el afán de comunicarse con él. Cansado e impaciente, se levantará, se pasará la mano por la molleja, dará un paso, dos, tres, se dará media vuelta y en sus ojos no habrá más que una mirada triste irresoluta, llena de nostalgia e incomprensión, se alejará, minimalista… ripio!





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