"(...) La busqué suavemente y se apretó a mí con cuidado, como quién se calza un guante. Vino a ofrecerme los labios y por un rato nos nos animamos a movernos. Las orejas se le habían esfumado y me pareció que estaba en otra parte. También yo fui a visitar algunos buenos recuerdos. Tuve miedo de mis propios gritos lastimosos y cuando Nadia se despegó crispando un puño, jadeando, me di cuenta de que durante mucho tiempo me había olviddo de mí y que por eso no podía hacerle bien a nadie."
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