Me ha pasado despertarme, como tantas otras veces, pero hoy, sí, hoy, es distinto. Sé que por mis condiciones, o, mejor dicho, por las cosas que hago –estudio Filosofía, soy profesor de Literatura y he incursionado por capricho en Psicología-, no puedo permitirme ciertas cosas. Todo es asimetría sonante y disonante, como así mis sonetos y escalas, todo, pero todo tiene que estar bajo control, o, al menos no librado al azar. Mas hoy, he abierto los ojos, como tantos días, y, sin embargo, ya las cosas no eran como eran. Me pasó Miguelito y su nostalgia de uña y descubríme distinto, vacío, como sin alma, o, para mi gusto, sin espíritu (prefiero esto, me resulta más cálido); entonces caigo que estoy en un problema estrambótico, paradójico, circular, mas no es este caso no es cíclico, pues, mi inconveniente inmediato es la Ausencia, y para poder suplirla, debo, indefectiblemente, llenar o suplir –esto es a gusto-, pero nada de eso pasará.
La Ausencia del juego de las caricias de las yemas de los dedos jugando con las palmas de las manos, como así esos labios obscuros carnosos acompañados con unos dientes blancuzcos y un ángel detrás, me resultan difícil de suplir, o, lo que es peor, siento, porque lo siento, no busco eso ni nada, simplemente dejo que la ausencia juegue conmigo; hasta le permito que hiera ese lugar ocupado en el interior de mi pecho por el Hígado Mayor, el cual se marchita para luego Ave Fénix potenciada e inmarcesible. Hay que entender aquí que no se trata de persona alguna, sino, simplemente de la dichosa traicionera Ausencia, que, como he dicho, tiende en circunstancias determinadas, cogerlo a uno en debilidad y darle una cuota de melancolía y transportarlo y transponerlo un poco y lograr todo tipo de reacción en uno, quién una vez escollado el momento, recae en las palabras, los hechos, dichos,, gestos, miradas, silencios, y todas las trifulcas acaecidas ¡siniestras!, y se tumba en sitio alguno y reflexiona apacible sobre “ese hecho”, ya sin culpa aunque solemne.
Así, en un despertar cualquiera, de sol, de lluvia, aire fresco, nubes, frío, calor, árboles, verde, montañas, edificios, y todo a la vez y nada en sí, corriéndose las cosa de plano, y la Ausencia hace su juego en mí, y juega conmigo tratando de probarme no sé qué cosa, mas dejo que ella manipule mis sentidos a gusto, pues, si algo sé, es que de algún u otro modo, siempre estará presente en mi viaje mochilero nómada, y allí, aquí, ahí, estaré en compañía de ella, que siempre espera su momento, pues comprende que la paciencia es ¡su virtud, su genio, su sabiduría! Entonces, no me marchito en resignación ni me resigno a marchitarme, sólo juego un poco al dolor ciego, y sigo camino, buscando una nueva forma para la Ausencia…
La Ausencia del juego de las caricias de las yemas de los dedos jugando con las palmas de las manos, como así esos labios obscuros carnosos acompañados con unos dientes blancuzcos y un ángel detrás, me resultan difícil de suplir, o, lo que es peor, siento, porque lo siento, no busco eso ni nada, simplemente dejo que la ausencia juegue conmigo; hasta le permito que hiera ese lugar ocupado en el interior de mi pecho por el Hígado Mayor, el cual se marchita para luego Ave Fénix potenciada e inmarcesible. Hay que entender aquí que no se trata de persona alguna, sino, simplemente de la dichosa traicionera Ausencia, que, como he dicho, tiende en circunstancias determinadas, cogerlo a uno en debilidad y darle una cuota de melancolía y transportarlo y transponerlo un poco y lograr todo tipo de reacción en uno, quién una vez escollado el momento, recae en las palabras, los hechos, dichos,, gestos, miradas, silencios, y todas las trifulcas acaecidas ¡siniestras!, y se tumba en sitio alguno y reflexiona apacible sobre “ese hecho”, ya sin culpa aunque solemne.
Así, en un despertar cualquiera, de sol, de lluvia, aire fresco, nubes, frío, calor, árboles, verde, montañas, edificios, y todo a la vez y nada en sí, corriéndose las cosa de plano, y la Ausencia hace su juego en mí, y juega conmigo tratando de probarme no sé qué cosa, mas dejo que ella manipule mis sentidos a gusto, pues, si algo sé, es que de algún u otro modo, siempre estará presente en mi viaje mochilero nómada, y allí, aquí, ahí, estaré en compañía de ella, que siempre espera su momento, pues comprende que la paciencia es ¡su virtud, su genio, su sabiduría! Entonces, no me marchito en resignación ni me resigno a marchitarme, sólo juego un poco al dolor ciego, y sigo camino, buscando una nueva forma para la Ausencia…
Dulcis Lupus
13-03
07
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