De quién habrá sido la “brillante” idea de poner coto a la libertad de las ágoras. ¡Quién habrá sido el que un día se levantó en un estado febril y dijo, así, sin más, hay que abarrotar las plazas de la ciudad? Con lo que eso significa. Pensemos un poco, sólo un poco. Una plaza o ágora (los Griegos realizaban reuniones en ellas, o se juntaban a charlar o a filosofar), no es más que un espacio público, es decir, de la sociedad que compone ese espacio, no solo el entorno inmediato al lugar, sino de todos aquellos que deseen ir a disfrutar de un día de sol o lluvia, de acuerdo a la nostalgia de cada quién o simplemente, eso fundamental que tiene una sociedad: disfrutar del ocio en un lugar “libre”.
Comencemos con unas aclaraciones, o, mejor dicho, con una introducción al tema. Hay plazas que son características de acuerdo al lugar que ocupa en el inconsciente social, pero también hay espacios que están determinados, como ser, ágoras modificadas o creadas por los militares, que por su arquitectura impedía al transeúnte caminar “libremente” por ella, teniendo en sus dibujos –vistas desde arriba-, una especie de laberinto; por otro lado, está plaza de mayo, tan simbólica para la sociedad argentina, aunque más para los “porteños” que para el resto de la sociedad, pues tiene varias aristas: en una de ellas se ubica la grandeza o fortaleza, me quedo con esta última idea, de Las Madres de Plaza de Mayo, que han hecho del lugar un sitio con fuerza, con estoicismo; por otro, para los fundamentalistas, representa el 17 de octubre, no más que un aglomerado de sordos en busca de algo –ese algo lo sufre la sociedad argentina hoy día-, que nunca tuvo como fin una unidad, de hecho, al momento de estar escribiendo esto, por esas causalidades de la vida, aparecieron en las calles de la ciudad, carteles con una frase que decía lo siguiente: “No se metan con Perón”, es decir, los gorilas defendiendo al Gran Padre, con tono amenazante, pero que luego, en las disquisiciones – no son muy amigos de estas cosas y la resuelven en la mayoría de los casos con golpes, tiros (San Vicente), insultos, su mejor lenguaje, y una que otras barbaridades que suelen decir por falta de... en fin, ya no es tema, serán fundamentalistas y dejarán la piel en ello. Salgamos un poco de estas cositas y pasemos al tema que nos compete en estos momentos: el enrejado del espacio público. Las rejas no hacen más que separar, quizás esa haya sido la idea del que lo ha llevado a cabo, o la idea de un barrio determinado o un negociado también, pero aquí la idea es pensar un poco qué significado latente tiene el de cercar una plaza en la sociedad, y el lugar que ocupa cada quién dentro de este Problema, porque, aunque parezca una sonsera, es un problema que de alguna manera nos demarca como sociedad. Uno de los argumentos que salieron a la luz y saldrán en defensa del enrejado de los espacios públicos-verdes, es seguramente el de la seguridad, el cuidado, la preservación del bronce, etc. Puede ser que tenga que ver con la preservación, el cuidado del bronce, del espacio, pero también es cierto que se puede lograr lo mismo sin una reja que separa lo interno de lo externo, que no es más que sectorizar la sociedad, fragmentarla un poco más –ya se encuentra más que quebrada-, y diferenciar mucho más, todo lo que se pueda, el Uno del Otro. He escuchado, y en más de una oportunidad, a determinada gente decir “tendrían que poner un molinete, y a los de la provincia no dejarlos ingresar a capital…”; lo grave de esto no es que lo haya manifestado un octogenario o en su defecto una persona con inclinaciones fascista, ¡no!, también han salido palabra tan terribles como las que acaba de escribir de personas de 30 años, de adolescentes, en edad de la mocedad, y eso es lo más terrible de todo, pues, representan una sociedad que quiere cada vez más diferenciarse o alejarse del “Otro”, ¡sectorizarse! Y el resto, impertérrito, ¡nada!
Una plaza no sólo es un lugar para dispersarse, sino también un espacio para crear, compartir, disfrutar un paisaje verde cuidado en medio de tanto cemento, de tantos ladrillos apilados con máscaras más o menos distintas de diversos costos, pero ladrillo al fin. Nuestros gobernantes, en el caso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, los señores que debieran ocuparse de estas cosas, no lo hacen, pues ellos también parecen considerar que es mejor “encerrar” una plaza que aplicar una política integradora, de cuidado, de conciencia del espacio público-verde, de preservar, tanto el espacio como a los que disfrutan de él, sean de la Quiaca, Ushuaia, Bajo Flores, Ciudad Oculta o Recoleta, por citar algunos lugares, eso tiene que ser indistinto, la idea, si es que se puede hablar de idea en las políticas aplicadas en nuestra sociedad hoy día, es ni más ni menos que ir saldando las diferencias entre los más y los menos, para que los menos, que son los más, puedan, y deben, les pertenece también, disfrutar de un lugar apartado de su lugar de origen. Una solución inmediata sería sacar a los señores del orden (Policía Federal, en este caso en particular), y ponerlos a dar vueltas por esos lugares, pero no con la intención de molestar al que está disfrutando del espacio, sino para que aquellos que no comprenden del todo que las plazas deben y son para poder estar, divertirse y hacer lo que uno tenga ganas, pero siempre con la idea fija de no molestar al otro ni dañar lo que hay en ella por simple anarquismo, pero también es real que en muchos casos los Señores del Orden se molestan porque algunos jóvenes y no tan jóvenes, se encuentren en un acertijo de piernas y manos, y él, en su ronda, siéntase mal por ello. Ese es otro tema que tocaremos seguramente más adelante, y que traerá muchas críticas como también malos modos, pero eso no importa, pues este es un espacio para pensar y tratar de mirar las cosas desde otro lugar. Para ir terminando, nos falta algo muy importante, diría que lo más importante o casi lo más importante dentro de una escala de importancia: la sociedad. ¿Qué somos como sociedad? ¿Dónde estamos parados frente a pequeños problemas que nos aquejan a diario, y que indefectiblemente nos conducen a un retroceso en tanto pensarnos como tales, es decir, a Federales y Unitarios? ¿Por qué dejamos que nos impongan cosas que son desagradable, insípido, pues ir a una plaza o un parque y darse cuenta que ese lugar ya no le pertenece y es parte ya de otra realidad, absurda por supuesto, y no hacer nada para subvertir el orden? ¿Hasta cuándo la burguesía capitalina dirigirá las acciones de los demás ciudadanos? ¿Dónde estamos a la hora de sentar ideas? ¿Por qué no nos interesan esos temas, o parece no interesarnos, tanto como otros, que tal vez no sean tan importantes? El espacio abierto es saludable para un niño, un adolescente, un longevo, un judío, cristiano, mahometano, republicano, radical, peronista, portador de HIV, sano, loco, desquiciado; es ni más ni menos un lugar para expresarse, para relajarse y disfrutar de las cosas agradables que dentro se gestan; un grupo de música, artitas callejeros, vendedores ambulantes, ¡todo, absolutamente todo!, pero hacemos muy poco para que las Ágoras estén nuevamente en Libertad, y con ella, la sociedad…
Comencemos con unas aclaraciones, o, mejor dicho, con una introducción al tema. Hay plazas que son características de acuerdo al lugar que ocupa en el inconsciente social, pero también hay espacios que están determinados, como ser, ágoras modificadas o creadas por los militares, que por su arquitectura impedía al transeúnte caminar “libremente” por ella, teniendo en sus dibujos –vistas desde arriba-, una especie de laberinto; por otro lado, está plaza de mayo, tan simbólica para la sociedad argentina, aunque más para los “porteños” que para el resto de la sociedad, pues tiene varias aristas: en una de ellas se ubica la grandeza o fortaleza, me quedo con esta última idea, de Las Madres de Plaza de Mayo, que han hecho del lugar un sitio con fuerza, con estoicismo; por otro, para los fundamentalistas, representa el 17 de octubre, no más que un aglomerado de sordos en busca de algo –ese algo lo sufre la sociedad argentina hoy día-, que nunca tuvo como fin una unidad, de hecho, al momento de estar escribiendo esto, por esas causalidades de la vida, aparecieron en las calles de la ciudad, carteles con una frase que decía lo siguiente: “No se metan con Perón”, es decir, los gorilas defendiendo al Gran Padre, con tono amenazante, pero que luego, en las disquisiciones – no son muy amigos de estas cosas y la resuelven en la mayoría de los casos con golpes, tiros (San Vicente), insultos, su mejor lenguaje, y una que otras barbaridades que suelen decir por falta de... en fin, ya no es tema, serán fundamentalistas y dejarán la piel en ello. Salgamos un poco de estas cositas y pasemos al tema que nos compete en estos momentos: el enrejado del espacio público. Las rejas no hacen más que separar, quizás esa haya sido la idea del que lo ha llevado a cabo, o la idea de un barrio determinado o un negociado también, pero aquí la idea es pensar un poco qué significado latente tiene el de cercar una plaza en la sociedad, y el lugar que ocupa cada quién dentro de este Problema, porque, aunque parezca una sonsera, es un problema que de alguna manera nos demarca como sociedad. Uno de los argumentos que salieron a la luz y saldrán en defensa del enrejado de los espacios públicos-verdes, es seguramente el de la seguridad, el cuidado, la preservación del bronce, etc. Puede ser que tenga que ver con la preservación, el cuidado del bronce, del espacio, pero también es cierto que se puede lograr lo mismo sin una reja que separa lo interno de lo externo, que no es más que sectorizar la sociedad, fragmentarla un poco más –ya se encuentra más que quebrada-, y diferenciar mucho más, todo lo que se pueda, el Uno del Otro. He escuchado, y en más de una oportunidad, a determinada gente decir “tendrían que poner un molinete, y a los de la provincia no dejarlos ingresar a capital…”; lo grave de esto no es que lo haya manifestado un octogenario o en su defecto una persona con inclinaciones fascista, ¡no!, también han salido palabra tan terribles como las que acaba de escribir de personas de 30 años, de adolescentes, en edad de la mocedad, y eso es lo más terrible de todo, pues, representan una sociedad que quiere cada vez más diferenciarse o alejarse del “Otro”, ¡sectorizarse! Y el resto, impertérrito, ¡nada!
Una plaza no sólo es un lugar para dispersarse, sino también un espacio para crear, compartir, disfrutar un paisaje verde cuidado en medio de tanto cemento, de tantos ladrillos apilados con máscaras más o menos distintas de diversos costos, pero ladrillo al fin. Nuestros gobernantes, en el caso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, los señores que debieran ocuparse de estas cosas, no lo hacen, pues ellos también parecen considerar que es mejor “encerrar” una plaza que aplicar una política integradora, de cuidado, de conciencia del espacio público-verde, de preservar, tanto el espacio como a los que disfrutan de él, sean de la Quiaca, Ushuaia, Bajo Flores, Ciudad Oculta o Recoleta, por citar algunos lugares, eso tiene que ser indistinto, la idea, si es que se puede hablar de idea en las políticas aplicadas en nuestra sociedad hoy día, es ni más ni menos que ir saldando las diferencias entre los más y los menos, para que los menos, que son los más, puedan, y deben, les pertenece también, disfrutar de un lugar apartado de su lugar de origen. Una solución inmediata sería sacar a los señores del orden (Policía Federal, en este caso en particular), y ponerlos a dar vueltas por esos lugares, pero no con la intención de molestar al que está disfrutando del espacio, sino para que aquellos que no comprenden del todo que las plazas deben y son para poder estar, divertirse y hacer lo que uno tenga ganas, pero siempre con la idea fija de no molestar al otro ni dañar lo que hay en ella por simple anarquismo, pero también es real que en muchos casos los Señores del Orden se molestan porque algunos jóvenes y no tan jóvenes, se encuentren en un acertijo de piernas y manos, y él, en su ronda, siéntase mal por ello. Ese es otro tema que tocaremos seguramente más adelante, y que traerá muchas críticas como también malos modos, pero eso no importa, pues este es un espacio para pensar y tratar de mirar las cosas desde otro lugar. Para ir terminando, nos falta algo muy importante, diría que lo más importante o casi lo más importante dentro de una escala de importancia: la sociedad. ¿Qué somos como sociedad? ¿Dónde estamos parados frente a pequeños problemas que nos aquejan a diario, y que indefectiblemente nos conducen a un retroceso en tanto pensarnos como tales, es decir, a Federales y Unitarios? ¿Por qué dejamos que nos impongan cosas que son desagradable, insípido, pues ir a una plaza o un parque y darse cuenta que ese lugar ya no le pertenece y es parte ya de otra realidad, absurda por supuesto, y no hacer nada para subvertir el orden? ¿Hasta cuándo la burguesía capitalina dirigirá las acciones de los demás ciudadanos? ¿Dónde estamos a la hora de sentar ideas? ¿Por qué no nos interesan esos temas, o parece no interesarnos, tanto como otros, que tal vez no sean tan importantes? El espacio abierto es saludable para un niño, un adolescente, un longevo, un judío, cristiano, mahometano, republicano, radical, peronista, portador de HIV, sano, loco, desquiciado; es ni más ni menos un lugar para expresarse, para relajarse y disfrutar de las cosas agradables que dentro se gestan; un grupo de música, artitas callejeros, vendedores ambulantes, ¡todo, absolutamente todo!, pero hacemos muy poco para que las Ágoras estén nuevamente en Libertad, y con ella, la sociedad…
Dulcis Lupus 26-01-07
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