Cuatro de la mañana. Es tarde para algunas cosas. La noche
envuelve la oscuridad. Fuera, las calles son pisadas por multitudes en busca de
un destino. Dentro, el apremio de la noche yéndose, apura una a una las líneas,
las páginas y las ideas. Todo debe concluir antes de que se ponga él. Él, que
se jacta de ser necesariedad, es también apremio, emboscada y opresión. Fuera,
la oscuridad sigue siendo silenciosa, tanto, que nadie sabe cuándo es propia. Dentro,
la tinta seca rápido, tanto que no llega a dejar rastro de improntas en papel
alguno. Fuera, los buscadores de destinos miran de un lado al otro intentando
sacar buenas cuitas. Dentro, se esfuma el tiempo tan a prisa, que el pensar y
escribir son insuficiencias de la inmediatez. Fuera, siguen caminando en la
oscuridad aquellos que no buscan, que caminan, miran, corren, raptan, toman,
dejan, salen y entran en fantasmagorías. Dentro, el olor a encierro, moho y
cosas vacías muerden la percepción del tiempo. Fuera, corre lentamente un
criminal audaz. Dentro, el criminal se pierde en una callejuela esquizoide y se
asombra de su suerte. Fuera, la suerte está echada. Dentro, se echa el perro a
dormir, hastiado de la espera. Fuera, el hastío conjuga pernoctes. Dentro, el
pernoctar es suicidio a las ideas y las letras. Fuera, se suicida una idea a
cada canción de cuna. Dentro, se busca caer lo menos posible en la posibilidad
de la cuna. Fuera, la posibilidad es tan cierta como el flipeo nocturno. Dentro,
se espera la eternidad de la noche para las letras infinitas. Fuera, se pierde
en el infinito la sombra de la noche.
Dulcis Lupus
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