lunes, septiembre 24, 2007

El recuerdo para un poeta del silencio

Durante seis décadas cautivó a públicos de todo el mundo –entre ellos el de Buenos Aires– con su arte inconfundible. La pantomima tiene hoy otros representantes y escuelas, pero Bip, su entrañable personaje, no perdió vigencia. Marceau desarrolló a través de sus metamorfosis una peculiar reflexión sobre la condición humana.


Por Hilda Cabrera


Los grandes artistas suelen ensayar sus despedidas, y Marcel Marceau era uno de ellos. Por qué dejar el escenario cuando se experimenta que el arte no tiene edad, y sobre todo cómo dejarlo. No se trata de complacer a quienes se molestaban porque Marceau era un clásico y no quería dejar de serlo sino para despedir con alegría al público sensibilizado por sus trabajos. Ese público que lo emocionaba y ante el cual se permitía un gesto que en este artista era ofrenda. Anteponer a su pequeña figura el célebre sombrero Bip, como si el espectador fuera el dueño de las hazañas de su personaje. Porque la pantomima contemporánea tiene otros representantes y escuelas, pero Marceau seguía fiel a su estilo. Sus obras eran conocidas en su mayoría por quienes asistían a sus presentaciones en Buenos Aires o en provincias, más o menos espaciadas desde la primera de 1951. Marceau insistía. En una visita de 1991, decía a esta cronista que el artista desea que el público se convierta en poeta o mago para poder ingresar juntos al mundo de la magia. Entendía así a la escena, donde sabía morir de pie y a continuación saludar: “Un milagro”, opinaba. Marceau murió ayer, a los 84 años.


Nota Completa en: Página 12

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