"(...) - ¿Tiene algo para apostar? -Me preguntó, mientra miraba otra vez las cartas como si temiera que ya no estuvieran allí.
- El Viajes, si quiere.
-¿El de antes o el de mañana?
- Me da lo mismo -respondí.
- ¿Qué apostaba su socio?
- Ilusiones.
- Está bien, ponga las suyas entonces.
- Creo que no me quedan.
- Juéguese el retrato de su amigo.
Palpé en el bolsillo la foto de Lem pero apenas tenía veintiocho en la mano y no me animé a echarla sobre la mesa.
- Una vez me enamoré desesperadamente -ofrecí.
- ¿Se hubiera matado por ella?
- Ya ve, todavía estoy acá.
- Entonces ponga algo mejor. Tiene que ser un buen recuerdo... Un viaje en barco, una isla perdida, qué sé yo... algo que yo pueda contar cuando esté en la selva.
- De chico se me aparecía un fantasma que entraba por el agujero de la cerradura.
- ¿LLevaba la sábana puesta?
- No, más bien una capa y fumaba bastante.
- ¿El fantasma le fumaba en la pieza?
- Sí, pero no dejaba humo.
- Eso me va a ser difícil de contar. En un tiempo yo tenía un par de buenos recuerdos pero los perdí en Médanos. El último me lo ganó el cura Salinas la otra noche.
- ¿No le queda nada? ¿Ni siquiera una alegría chica?
- No creo. El oso que me iba a comprar el diario... Pero eso a quién le interesa.
- Me dijo que habían trabajado juntos en Retiro, que la gente le daba bombones...
- Sí, pero nos llevaban en cana a cada rato. Ese no es un buen recuerdo. Me queda, si le parece, una piba de Chubut. No era linda ni me acompañó a la pieza, no se ilusione.
- Eso ya es algo.
- Ese día me salieron todas. Créame, se lo digo con toda modestia.
(...)
- Falta envido, Coluccini.
- Esta no quieo perderla, Zárate.
- Un fantasma contra otro.
Se prendió de la botella hasta que se atoró y se puso de pie tosiendo. Se me escapó de la vista, perdido en la oscuridad del boliche hasta que lo escuché voltear una silla y reventar la botella contra la pared.
- ¡Quiero 28, qué mierda! -gritó desde el fondo de esas ruinas y después hizo un silencio de muerto para escuchar como se le escapaba otro recuerdo. Yo tenía el tres y cinco de copas y miré la ubicación del mazo para saber quién era mano.
- Son buenas -dije y tiré los naipes sobre la mesa. De golpe se echo a reír y apareció en la línea de luz, blanco de cal, desarrapado, borracho, súbitamente feliz.
- Carajo -dijo-, qué susto me pegué.
Ya Pronto una Sombra Serás
Osvaldo Soriano
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